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De modo que estaba deliberando consigo misma (lo mejor posible, porque el día caluroso la hacía sentirse soñolienta y boba), tratando de decidir si el placer de hacer una guirnalda de margaritas justificaba el esfuerzo de ponerse de pie y recoger las flores, cuando de pronto pasó corriendo muy cerca de ella un conejo blanco de ojos rojos.

Eso no tenía nada de demasiado particular, y tampoco le pareció demasiado desacostumbrado a Alicia que el Conejo se dijese:

—¡Ay, ay, ay, que llego tarde!

(Fue sólo mucho después, cuando volvió a pensar en eso, que se le ocurrió que habría debido desconcertarse; en ese momento le pareció bastante natural). Pero cuando el Conejo sacó un reloj del bolsillo del chaleco —nada menos—, lo miró y después apuró el paso, Alicia se puso de pie de un salto porque de golpe se le cruzó por la mente que jamás había visto antes a un conejo con bolsillo de chaleco ni con reloj para sacar de ese bolsillo y, ardiendo de curiosidad, corrió por el campo en su persecución, y llegó justo a tiempo para verlo desaparecer por una gran madriguera que había debajo del cerco.

Un instante después iba Alicia tras de él, sin pensar ni por un momento cómo se las iba a ingeniar para volver a salir.

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ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Lewis Carroll

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